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Bomba de beneficios colaterales

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10/06/2013



Bomba de beneficios colaterales

La radiactividad atmosférica procedente de los ensayos nucleares ha servido para desvelar el cambio climático

Los cientos de ensayos nucleares realizados durante la segunda mitad del siglo XX dejaron una marca indeleble sobre el planeta y sus habitantes.


Aunque las bombas atómicas hayan dejado casi siempre cicatrices de mal recuerdo, algunas de las señales que grabaron sobre el planeta están siendo útiles para la ciencia como testigos de los más diversos fenómenos.


Esta semana, Cell publicaba la resolución de un antiguo misterio sobre la regeneración de nuestras neuronas, pero no es la primera vez que los residuos radiactivos han sido útiles para desentrañar enigmas. Uno de lo más importantes, sin duda, ha sido desvelar el cambio climático.


Investigadores del Instituto Karolinska de Estocolmo fueron los primeros en analizar su presencia en la atmósfera. Según explica el historiador de la Universidad de Míchigan Paul Edwards, el carbono radiactivo inyectado por los tests nucleares en la atmósfera se convirtió en la primera manera efectiva para seguir el camino que seguían determinadas corrientes de aire a grandes altitudes.


Entre 1953 y 1957, científicos del Laboratorio Nacional Argonne, el Servicio Climatológico y el Instituto Fermi para Estudios Nucleares, todos en EEUU, comenzaron a emplear globos para recoger muestras de aire en la atmósfera. Analizaron las concentraciones de dióxido de carbono, carbono radiactivo y tritio y descubrieron muchas cosas que ahora están en la base de nuestra comprensión del cambio climático.


En primer lugar, hallaron que las concentraciones de dióxido de carbono eran prácticamente uniformes a todas las altitudes, demostrando que este gas se mezcla rápidamente y de una forma homogénea por toda la atmósfera. Esto mostró, entre otras cosas, que unas pocas mediciones tomadas en un puñado de lugares sería suficiente para conocer la concentración global de dióxido de carbono.


Esa concentración era entonces de 310 partes por millón; hoy roza las 400. La ciencia que nació en busca de los restos de aquellas armas que amenazaban con aniquilar la vida sobre la Tierra, se ha acabado poniendo al servicio de otra amenaza de dimensiones descomunales para la civilización.

Daniel Mediavilla / Materia