Universidad de Sevilla. Oficina de sostenibilidad.

Estilo de vida Massai

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17/05/2012



Estilo de vida Massai

¿Podrías convivir con los leones? ¿Salir a pasear sabiendo que entre la maleza camuflado te acecha un guepardo?

¿Cómo vivir de forma sostenible? Hemos olvidado como convivir con el medio ambiente. En cambio hay pueblos que aún viven en sintonía con el planeta tierra. Los Massai son uno de ellos. 

 

Ngochi nos pregunta si queremos ir a conocer a un pueblo Massai, conocer sus tradiciones, sus casas, su estilo de vida… y nosotros aceptamos encantados. 

 

Llegamos al poblado y vemos cómo los niños persiguen a una pequeña Gacela de Thomson que se ha metido entre las casas. Cuando nos reunimos con el hijo del jefe de la tribu le preguntamos si atrapan la gacela para comérsela, y nos contesta riendo que no. Los animales salvajes son sagrados, y no deben morir en el poblado, si así fuera, su ganado tendría siete años de mala suerte. Atrapan a la pequeña gacela por su belleza, les gusta jugar con ella. 

 

Seguimos nuestro camino, y lo primero que nos enseña el massai es la arquitectura de sus casas. Son casas pequeñas, no más de dos metros de altura. Para construirlas, primero forman una estructura de madera que recubren con una mezcla de barro y excrementos de vaca; y utilizan unas hierbas a forma de tejado. Explica que son nómadas, y cambian el poblado de lugar cada nueve años; el motivo: las termitas corroen la estructura de madera y las casas se desmoronan. 

 

Nos llevan a un lado de la aldea donde nos van a hacer el baile de bienvenida, baile en el que solo participan hombres y donde realizan sus peculiares saltos. Consiguen saltar en vertical más de un metro, y los niños más pequeños se acercan a los adultos intentando imitarlos y realizando pequeños saltos también. 

 

Continuamos la visita hacia el centro del pueblo, que tienen cercado con una serie de ramas y palos. Nos explican que por la noche “cierran la puerta del poblado” para que no entren los animales salvajes. Entonces nos cuentan cómo es su relación con los animales. Después de tantos años conviviendo con la naturaleza más cruel, las fieras y ellos han llegado a un acuerdo. Durante el día ellos sacan a su ganado del pueblo para que pasten, recorren las tierras, conviven con las fieras… pero estas no les atacan, el día es del hombre. Sin embargo cuando cae la noche, el hombre debe resguardarse en sus cabañas, la noche no le pertenece, y las fieras dominan la sabana. 

 

Su alimentación es principalmente carnívora, se alimentan de vacuno, cabras y algo de maíz. Beben el agua del río, donde también limpian la ropa y se asean. Y por el pueblo tienen gallinas y pollos pero solo por diversión, como podemos tener un perro en casa, pero no se alimentan de ellos ni de los huevos. 

 

Después nos enseñan cómo hacen fuego. Parece increíble, pero en cinco minutos ya tienen unos hierbajos ardiendo. A continuación nos separamos en grupos de tres personas para ir a visitar el interior de sus casas. Las casas son pequeñas, y están separadas en tres espacios: un pequeño cuarto para los hijos, un pequeño establo donde guardan en la noche las crías del ganado, y un espacio donde cocinan y duermen los padres. 

 

El papel de la mujer es muy limitado. Al amanecer va al río a buscar agua para todo el día, y después se queda al cuidado de la casa y la cocina. Dentro de la pequeña cabaña aprendemos mucho. Solo tienen una pequeña ventana para ventilar el hogar, y nos explican que es para que no entre el calor, los mosquitos, o durante la noche los animales salvajes. Para cada enfermedad tienen una hierba que la cura, dicen que incluso para la infertilidad. 

 

También nos cuentan cómo pasa un niño a ser un hombre. Cuando tienen aproximadamente quince años se les practica la circuncisión en medio del poblado, aquellos que no muestran dolor deben irse al monte. Allí pasaran cuatro años de su vida, sobreviviendo como puedan, convirtiéndose en hombres, y al volver están listos para casarse

 

A la salida de las cabañas nos esperan un grupo de mujeres que nos darán la bienvenida cantando, y al terminar nos llevaran a unos puestos que han montado donde nos intentan vender todo tipo de artesanía. Resulta agobiante, te cuelgan collares, te ponen pendientes, te visten con sus mantas, y tu no lo puedes evitar. Tienen que llegar los hombres del poblado para que nos dejen respirar. Pero se convierte en una experiencia cultural más. 

 

Por último, para despedirnos, se acerca a nosotros el jefe del poblado. Aún es un hombre alto y fuerte, sin embargo canoso y envejecido. Nos agradece nuestro interés por aprender sobre su forma de vida, puesto que lo que pagamos de la visita va destinado a construir una escuela cerca de estos poblados massais; y aquello que nos hemos gastado en su artesanía, es directamente para ellos, para poder comprar aquello que necesiten. 

 

Antes de partir, nos hacemos algunas fotos de recuerdo con ellos, pero se hace tarde, y tenemos que volver con Ngochi.

Cristina Rodríguez Díaz