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Antonio Jordán

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Antonio Jordán con su equipo de investigación

Antonio Jordán con su equipo de investigación

30/11/2017



Antonio Jordán

"Si desciende la fertilidad de los cultivos estamos generando pobreza"

¿Te imaginas una tierra estéril? En ese lugar, las plantas morirían de hambre y los humanos, que dependemos de ellas, nos encontraríamos ante un serio problema. Ese escenario sobrevuela nuestras cabezas debido a un problema medioambiental: la erosión.

 

Antonio Jordán, investigador del departamento Cristalografía, Mineralogía y Química Agrícola de la Facultad de Química de la Universidad de Sevilla, es una de esas personas que se preocupan por el futuro de la humanidad. Y para ello observa lo que ocurre con el suelo que pisamos. En concreto, con el que usamos para cultivar.

 

En promedio, un centímetro de suelo tarda en formarse de cientos a miles de años. Pero puede ser destruido en poco tiempo, por ejemplo, mediante la erosión. Realmente, la erosión es un proceso geomorfológico natural. “El problema surge cuando las tasas de creación del suelo son inferiores a las de erosión” comenta Antonio. Entonces nos encontraremos con que el suelo pierde calidad, volviéndose menos fértil, y “si desciende la fertilidad de los cultivos estamos generando pobreza”.

 

La agricultura es el principal factor erosivo de nuestro país, ya que “representa superficies muy grandes, que permanecen sin vegetación durante épocas largas del año y al llover pues pierdes suelo”. Nuestra región, la cuenca mediterránea, lleva siendo modificada desde hace 2.000 años o más. Esto hace que las zonas agrícolas dependan de la actividad humana para mantenerse. El interés por el impacto de la agricultura, llevó a Antonio a participar en un estudio sobre los viñedos valencianos. Junto con otros expertos internacionales, analizaron las posibles técnicas de conservación del suelo.

 

En concreto, las medidas de protección del suelo propuestas por el estudio consisten en añadir restos vegetales. Como por ejemplo, podas y ramas trituradas, corteza de pino o restos de cosecha. De ellas, “hemos visto que el acolchado de paja de cebada es quizás la mejor medida que protege el suelo”. Los resultados fueron impresionantes: reduce en un 78% el nivel de erosión en suelos de viñedo.

 

Aunque hay que recalcar que la medida “no aporta nutrientes directamente, sino que enriquece el suelo con materia orgánica”. La presencia de materia orgánica es importante “porque es la responsable de la agregación en el suelo, que facilita que haya poros y grietas por donde circula el agua y el aire”. Sin ella, el suelo se vuelve más impermeable al agua y se favorece la escorrentía. Mientras que al estar presente “ayudará a retener agua y nutrientes”. También favorecerá la actividad biológica del suelo, lo cual afecta positivamente al reciclado de los nutrientes. Otro de sus efectos es la retención de metales pesados, “evitando que pasen a la cadena trófica”. Pero sobre todo, “la materia orgánica del suelo funciona como un reservorio de carbono, lo que nos permite luchar contra el cambio climático”. Por ello, proteger el suelo se plantea como una estrategia de mitigación del calentamiento global.

 

Sin embargo, el método del acolchado presenta limitaciones pues “el residuo que se añade no siempre es igual de eficaz”. La madera triturada, por ejemplo, exige un presupuesto para prepararla y transportarla. Lo ideal “es añadir al suelo lo que se tenga a mano según la zona en la que nos encontramos, valorando cada caso”.

 

En este sentido, también se están llevando a cabo un trabajo en El Fayoum, un oasis de la zona central de Egipto. El trabajo nació de una tesis doctoral que se realizó en la Facultad de Química de la Universidad de Sevilla. Allí “se está ensayando con la adicción de acolchado, con la obtención de muy buenos rendimientos”. El acolchado, además de añadir materia orgánica al suelo, está ayudando a evitar las pérdidas de agua propias de la zona.